
“¡Bravo!” “¡Grande maestro!” “¡Otra… otra!”. La algarabía era total, todos de
pie aplaudiendo y el pianista, sonriente, agradecía aquellas muestra de
admiración.
Era su noche de gloria. Si algún desprevenido hubiera entrado al bar y
pizzería “La Pérgola” aquella noche, hubiera pensado que estaban todos locos,
porque aquel concierto de piano, “único en el mundo”, tal como lo anunciaba el
cartel pegado en la puerta, se estaba realizando sin piano.
“Único en el mundo”, decía el cartel. Y era verdad: no se conoce otro
pianista que tocara el piano sin piano, y menos en público. Y mucho menos aún,
que diera un concierto en un boliche. Pero estaba sucediendo, y era en “La
Pérgola”, de Escobar.
Todo comenzó una noche en que “El Pianista” (vamos a llamarlo así, para
preservar su identidad) se jactaba, como siempre, de tener memoria fotográfica,
alardeaba de recordar cualquier cosa que hubiera estudiado, recordaba textos,
leyes, artículos, incisos, disposiciones legales, que explicaba con lujo de
detalles, agregándole autor, número de página y hasta el color de las tapas del
libro.
Se sometía a pruebas y aceptaba desafíos, que por supuesto, siempre ganaba.
Parecía invencible, hasta que una noche contó que había estudiado música y era
pianista.
-
Tóquese algo, maestro (fue casi un coro).
El hombre de la memoria fotográfica dudó.
-
Pero… ¿y el piano..?, preguntó.
En aquel boliche, donde lo absurdo era moneda corriente, no pareció
disparatado que “Juanqui” (el dueño), muy suelto de cuerpo, dijera:
-
¿Para qué quiere piano? Dele así nomás… de memoria.
-
¿Tocar el piano de memoria?, balbuceó “El pianista”,
tratando de asimilar lo insólito de la propuesta.
“Juanqui” lo conocía como nadie y sabía muy bien lo que decía cuando se
acercó y le dijo al oído:
-
¿Tiene miedo que le falle la memoria fotográfica?
Ese fue el empujón que faltaba. Cómo iba a tener miedo, si él era
“El Campeón Mundial de la Memoria Fotográfica”.
Lo de campeón mundial había surgido una noche en el boliche, cuando por
aburridos, o por no tener nada que hacer, se lo declaró, en una ruidosa
asamblea, como “El legítimo Campeón Mundial de la Memoria Fotográfica”, hecho
del que hay fotos y se conserva el acta firmada por todos los presentes.
Su
título estaba en juego. Y más que el título, su amor propio.
-
Yo soy capaz de eso y mucho más, dijo, desafiante.
Como por arte de magia se armó una platea de 10 ó 12 personas, con rostros
circunspectos y dispuestos a escuchar.
-
“Desde el alma”, pidió el Chivo Warnes.
-
“Para Elisa”, dijo el Podólogo Rodríguez.
-
“Adiós Nonino”, gritaron desde el fondo.
Los pedidos se sucedían vertiginosamente. “El Pianista” levantó la mano, como
diciendo basta, y arrancó con “Desde el Alma”.
A medida que tocaba en la mesa, un teclado imaginario solfeaba en voz alta
las notas correspondientes, dándole el ritmo exacto. Ejemplo: Fa Mi Do Re Re Re
Sol Fa Fa Sol Fa Fa Do Re Sol Fa MI Sol Fa… (Así hasta el final y con todas las
melodías que interpretó).
Asombroso, insólito, inesperado, nunca visto, comiquísimo, absurdo, pero
“Único en el Mundo”. Así fue, de manera natural e impensada, casi jugando, como
nació la historia del pianista sin piano.
Lo que nadie pudo intuir jamás eran las derivaciones que aquello iba a tener,
consecuencias increíblemente divertidas, disparatadas y hasta dramáticas en
ocasiones, pero definitivamente inolvidables.
Luego de aquel concierto privado, por denominarlo de alguna manera, surgió la
idea de hacerlo público. El apoyo fue unánime. En un mimeógrafo que había en la
piecita del fondo se imprimieron los volantes y las Invitaciones Especiales. “Lo
Especial” de aquellas invitaciones consistía en que los que asistieran al
concierto debían aplaudir y vivar al pianista, como si los hubiera conmovido con
su arte.
El debut fue un éxito extraordinario. La revista
Hoy (En el quehacer
escobarense) le dedicó la tapa y un elogioso comentario (esta revista se
conserva). La noticia corrió por el pueblo, todos querían saber de qué se
trataba. Los que habían estado agrandaban las cosas y los que no, se lamentaban
y no querían perderse el próximo espectáculo.
Debo aclarar que al decir espectáculo no estoy exagerando, pues la capacidad
de “La Pérgola” se vio superada: a pedido del público sacaron el piano, es decir
la mesa, a la vereda y allí, debajo de las plantas de naranja amarga que la
adornaban, “El Pianista” dio un concierto maravilloso, por lo original y
divertido, y por la pureza de esa gente que se puso a bailar al compás de “Desde
el Alma”, “Siga el Baile” o “Barrilito de Cerveza”, pero que después hizo un
silencio respetuoso cuando “El pianista” sacó unas partituras y arrancó con
“Claro de Luna”, de Beethoven, siguió con una Sonatina de Clementi y ni que
hablar cuando remató con “Adiós Nonino”.
Esa noche se ganó el respeto del público. Había nacido la leyenda del Hombre
de la Memoria Fotográfica, pero no lo sabíamos.
Cuando veo la vieja filmación en Súper 8, que conservo de aquella noche,
encuentro invariablemente un parentesco cercano con el neorrealismo italiano, y
al ver a aquel hombre poseído por la música, tocando de pie, me acuerdo del
actor Hugo Soto, dando su concierto en Parque Lezama en la película
Hombre
Mirando al Sudeste.
-
Está loco, pero es simpático, comentaron unas viejas que pasaron a
nuestro lado.
Estábamos conversando en la vereda, “El Pianista” y yo.
-
Es injusto, me dijo.
Me hice el distraído.
-
Lo que dijo esa mujer -prosiguió-.
Ella viene a reírse de mí,
piensa que soy un payaso, pero yo estudie música realmente, 10 años de
conservatorio, teoría, solfeo, armonía, composición -a medida que hablaba
se iba angustiando-.
El piano -dijo con voz entrecortada-
me lo
regaló mi padre…
Estaba a punto de ponerse a llorar cuando desde adentro empezaron a
reclamar su presencia. Esa noche comencé a dudar de su locura, creo que era un
ser necesitado de afecto, con un tremendo deseo de ser aceptado (eso es lo que
pienso hoy, pero entonces era yo muy joven, demasiado diría, como para ponerme a
bucear en el alma de aquel personaje).
-
¡Otra…otra ..!, se escuchaba.
“La Pérgola”, como París, era una fiesta. Y en esa algarabía despreocupada y
continua, mientras soñábamos con ganar el Prode para ir a París y “emborrachar a
Lulú con el champagne”, nos divertíamos con cosas cotidianas y simples. Y si
bien la presencia del Hombre de la Memoria Fotográfica no resulta algo común,
era, para los habitués de “La Pérgola”, algo cotidiano y normal. Era tiempo de
reír, y nos reímos.
Ese fue el comienzo de la historia. Luego le sucederían hechos tanto o más
disparatados, como la gira por distintos bodegones de Escobar, “La Bóveda”, “El
bar América”, “El Ombú”, “El bar Roma”, “Lo de Vega”, “Lo de Miro”, “La Garúa”
de Matheu, boliches casi irreales que parece mentira que se hubiese realizado en
ellos un concierto de piano de estas características.
O la serenata a “Ruth, La Colorada”, donde la mina, que cobró por adelantado,
debía asomarse a la ventana y fingir que estaba deslumbrada y conmovida por el
talento de aquel artista; terminó enamorándose de él, porque lo descubrió tierno
y necesitado de cariño, como ella.
Todos estos hechos están documentados con fotos, con diarios y revistas de la
zona que se ocuparon del caso (y que se conservan), con testigos y,
principalmente, porque “El Hombre de la Memoria Fotográfica” vive, camina a
diario por las calles de Escobar.
Si Usted anda por las inmediaciones de Mitre y Ameghino, ahí, donde estaba
“La Pérgola”, posiblemente se cruce con él, y al saludarlo, él, amablemente le
diga:
-
Buenos días… ¿cómo le va? Saludos a los suyos…
Si nota que Usted se sorprende de ser reconocido, dirá
sonriente:
-
Recuerdo su cara. Y tocándose la frente agregará:
tengo
Memoria Fotográfica.
Por Juan Carlos
Villalba
Septiembre